Hacemos largas caminatas por dentro de la selva del Congo,
siguiendo los senderos entramados que han abierto los elefantes. Nos acompaña
un nativo que sabe escuchar al bosque, y nos avisa del peligro que pueda suponer
el cruzarnos en el camino de algún
elefante; los elefantes de montaña no viven en manada, parece ser que
eso les hace ser más agresivos ante el peligro. Son más pequeños que los de
sabana, al no faltarles el alimento dentro de la selva, sus colmillos están
menos desgastados y su piel menos cuarteada por la humedad.
La humedad junto con el calor, los mordiscos de las hormigas
y el lodo de los manglares son para mí los
grandes inconvenientes, mucho mayores que las distancias. Pero la recompensa
siempre está en el destino. Llegamos a extensas “calvas” dentro de la selva,
donde acuden los animales. Allí los elefantes profundizan con su trompa dentro
de las charcas, en busca de sales minerales; mientras que, a lo lejos, los
gorilas de llanura corretean jugando con sus crías y toman el sol… Pasamos el día entero en un observatorio en alto, una especie cabaña con
terraza hecha de troncos, viéndolos en plena actividad. Guardamos silencio,
aunque según sopla el viento, ellos perciben que hay intrusos en la zona…
Desde el campamento salimos al encuentro de una familia de
gorilas de unos 14 miembros. Son gorilas de llanura, más grandes que los que
vi de montaña en Uganda. Los encontramos a la hora de la “siesta” con poca
actividad, pero eso nos permite estar muy cerca de ellos. El tamaño de Kingo, el
macho alfa, es impresionante…
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KINGO |